El autocuidado

 

Como los etólogos señalan desde hace tiempo, el ser humano es al nacer uno de los animales más desprotegidos e indefensos de la naturaleza; realidad que implica su extrema dependencia del cuidado ajeno y en especial de las personas más cercanas al mismo, que suelen ser los progenitores.

Según la Teoría de las Matrices 1 ; las personas pasan en su desarrollo vital por diversos estadios evolutivos cuyo tránsito viene condicionado por el cambio de un “universo” a otro y de una “matriz de identidad” a otra.

Así, el recién nacido ingresa en el llamado primer universo, que engloba dos matrices de identidad 2. La primera es la matriz de identidad total, caracterizada por el amalgamiento de lo real y de lo fantaseado, del yo y del no – yo y por la ausencia de distancias cognitivas y afectivas (especialmente en cuanto tiene que ver con la diferenciación como paso previo al proceso de individuación) entre el infante y las personas que le rodean.

A lo anterior se suma el total desamparo del recién nacido para hacer de la dependencia física y afectiva del exterior un elemento consustancial de esta etapa que, no obstante, favorece el desarrollo del niño al convertir dicho vínculo en vehículo de cuidado y de seguridad y proveerle del necesario armazón social para subsistir en la realidad.

Puede suceder sin embargo que se produzcan patologías precoces durante este periodo evolutivo que dificulten o incluso obstaculicen el tránsito a los siguientes, causando en el sujeto alteraciones tanto en la construcción del self como en la del trato objetivo que se dispense y que le fijen a vínculos simbióticos que repetirá en el futuro con las personas con quienes se relacione.

Dicho de otro modo, el argumento de su “escena fundante” 3 versará sobre la indiferenciación, el aglutinamiento y la mezcla fantasía–realidad, siendo éste un campo bien abonado para el surgimiento de una grave adicción futura 4.

Aparcando ahora cuestiones más sofisticadas del psiquismo, una de las tareas cardinales en el crecimiento físico, psicológico y relacional de cualquier persona es el reemplazo progresivo del cuidado externo por el cuidado interno conforme el sujeto se responsabiliza de acciones concretas y primordiales como la alimentación, la higiene, el descanso y el ejercicio.

Este proceso, lejos de resultar tan automático, evidente y sencillo como pueda parecer, resulta delicado en extremo y se encuentra sujeto a la influencia saludable o nociva ejercida por las figuras de cuidado y por el contexto en que la persona se desarrolla 5.

Más aún, mediante la introyección de este tipo de pautas la persona aprende a relacionarse consigo mismo, aprende a sentirse, a saber localizar y satisfacer sus necesidades básicas y a conformar su identidad desde lo más orgánico y evidenciable puesto que la distinción mente-cuerpo no deja de ser un artificio epistemológico que no encuentra correspondencia en la realidad del ser humano.

Además de los beneficios objetivos que reporta una base de cuidado hacia uno mismo consistente y mantenida en el tiempo, esta atención a la propia salud tiene también consecuencias relacionales que se hacen patentes en las diferencias entre los vínculos que generan personas que saben cuidarse y los que crean las personas que no y en los distintos tipos de interlocutores que participan en la vida de las unas y de las otras.

Dicho esto – y para no alejarme demasiado de la intención del presente texto-, dejaré ahora los asuntos mencionados en suspenso y me centraré brevemente en lo que sucede con el autocuidado en los trastornos adictivos.

El descuido de uno mismo se hace notar tempranamente en el curso de una adicción dado que la persona se vuelve cada vez más negligente en sus cometidos diarios conforme el proceso adictivo monopoliza su atención e interés, dejando fuera de los mismos incluso los apetitos básicos y las necesidades primarias.

Como resultado esperable, el sujeto sufre una sangría de energía vital que de manera retroalimentada atenta contra todo lo que le proporcione poco placer inmediato y, en cambio, le exija esfuerzo.

Este patrón se generaliza  con rapidez, el descuido deviene en abandono manifiesto y éste en invisibilidad incluso orgánica del sí mismo para el sujeto adicto. A medida que avanza el deterioro, la salud del adicto se vuelve cada vez más quebradiza, su vulnerabilidad a la enfermedad es mayor y las pérdidas de vitalidad cada vez son más flagrantes, incluidas las ganas de vivir.

¿Se puede hacer algo al respecto?

Sí, pero a condición de que el afectado decida afrontar su problema adictivo. Una vez conseguida la abstinencia (y también como manera de conseguirla) aunque sea por medios externos y mecánicos, este elemento de la autoestima resulta quizá el más agradecido de mejora por cuanto implica recuperar la salud y el bienestar mediante acciones concretas que tienen un potente efecto curador y una visualidad más que notoria.

Tanto es así que de poco sirve construir una buena imagen de uno mismo e incluso sentirse bien siendo quién se es si no se respetan las acciones básicas que implican el cuidado personal o autocuidado.

 

Estas acciones son cuatro:

1- Una alimentación y unas prácticas alimenticias adecuadas a la edad, situación y necesidades de cada uno.

2- El cuidado corporal fundamentado en  los hábitos de higiene y de ejercicio y/o deporte regular.

3- El descanso mediante unas rutinas sanas de sueño.

4- La gestión adecuada del tiempo tanto que se dedique a actividades académicas o laborales como el que se dedique al ocio.

Aunque pueda parecer redundante una vez dicho lo anterior, durante el proceso de recuperación del adicto (y por extensión de cualquier persona con un trastorno psicológico que requiera atención especializada) se ha de prestar una atención continuada a los aspectos mencionados no sólo al inicio de la terapia sino durante todo el curso de la misma pues, además de su impacto objetivo en la salud del sujeto, los avances y retrocesos en cada uno de los ámbitos mencionados ofrecen indicadores de primer orden sobre la cercanía o distancia del paciente respecto a una potencial recaída.

La intervención sobre estas cuestiones tiene que ser, a mi juicio, directa, explícita y concreta.

Valiéndose el terapeuta de técnicas cognitivo-conductuales, de gestión de hábitos e incluso de medidas drásticamente conductuales (activación comportamental, control externo, acompañamiento) durante las etapas iniciales del tratamiento, puesto que si el paciente cambia sus conductas, es de esperar que consiga cierto bienestar que redunde en un cambio de actitud y en una perspectiva diferente de sus problemas y que fortalezca la alianza terapéutica y posibilite un abordaje cada vez más profundo de los mismos.

Acabo esta tercera entrega sobre la autoestima con el escrito de despedida que nos regaló un paciente con problemas de alcohol a su grupo de terapia y a mí como conductor del mismo cuando alcanzó el alta terapéutica y que, de manera explícita y tácita, alude a mucho de lo mencionado con anterioridad y también a mucho de lo que se queda en el aire;

 

A todos os doy las gracias. MUCHAS GRACIAS.

Me habéis hecho cambiar y ha cambiado mi vida. Yo que pensaba que no podía cambiar, que no me gustaba la palabra “cambiar”, me gustaba más manejar. Ya veis, he cambiado, se nota en este cuerpo de torero que voy consiguiendo, ya no soy picador.

Desde que empecé en Spiral he perdido casi 40 kilos. Pero hay cosas que no se ven o no se notan tanto así a simple vista y es que me pongo de pie cada mañana con una nueva esperanza y la fuerza delante.

La poca repulsión a la sociedad se ha terminado. Que tengo amigos, pocos, pero más amigos que antes cuando creía tener amigos, aunque sean mi mujer, mis hijos y dos más.

Que voy a fiestas pero regreso temprano a casa y bien, que he hallado el rumbo que creía perdido, que ya me alimento tres o cuatro veces al día, que duermo y descanso porque el insomnio me ha abandonado, que escucho la radio, que disfruto la música que me gusta, que he retomado la lectura. Que mis lágrimas se han secado y mis heridas parece que van sanando, que el alma me ha regresado al cuerpo y me siento bien, muy bien y casi el dueño del universo.

Se acabó la tontería “ya no soy tonto”, ya no me cuesta trabajo vivir la vida, que he encontrado y voy encontrando respuesta a todas las preguntas que me he ido planteando; que he descubierto lo maravilloso que puedo llegar a ser; que estoy explorando mis virtudes, que mi reloj funciona bien, que he vuelto a descubrir los colores y los olores tan maravilloso que existen, que hay flores en mi ventana, ya no ha botellas y la fragancia de estas flores se han instalado en mi olfato.

Disfruto de la presencia de mis hijos. Me he dado cuenta que mis palabras van a pasar a un oído amoroso. Que soy más paciente y sé esperar.

Me he reconciliado con mi esposa, escucho; ya no cuestiono sus decisiones, que he ido ganándole a mi timidez; que discuto mucho menos, que no me altero por nada, que los pocos momentos que tengo en soledad los disfruto, que tengo nuevos proyectos y todo el entusiasmo para realizarlos.

Que ahora camino de la mano de mi mujer que me ha dado todo de ella y me ama. Os vuelvo a dar las gracias a todos, a todos.

Gracias a vosotros he librado mis “feroces batallas” conmigo mismo y que a pesar de haber ganado unas y perdido otras me han enseñado un camino más transitable. Habéis alterado el curso de toda mi vida. MUCHAS GRACIAS.

«Notas pie de página»

1 La Teoría de las Matrices es un desarrollo teórico de J.L. Moreno para explicar el desarrollo de la identidad personal de los seres humanos.

2 La segunda de ellas es la matriz de identidad diferenciada, de la que no hablaré en este texto.

3 Le tomo prestado el término a Pablo Población Knappe.

4 Como hipótesis, estas circunstancias podrían ser las que sufren algunos de los sujetos diagnosticados de “trastorno dual”.

5 Teoría de los marcos relacionales de Hayes.

6 Puesto que el descuido tiene mucho que ver con un nefasto “quitar importancia” que abre la puerta a la recaída.

 

Leandro Palacios Ajuria