Cuando llegué a la consulta, no era una persona, era un ente casi sin vida y deseosa de perder la poca  me quedaba.

Poco a poco no sé muy bien cómo, pasé de ser una persona enérgica, alegre, sociable, empática, luchadora y llena de planes por hacer, a ser un ente postrado en una cama o sofá; que se alimentaba con un yogur al día y a la que levantarse para hacer pis le costaba tanto como tener que subir una montaña. Me volví sociópata. Odiaba a todo el mundo, no quería ver a nadie, no encontraba sentido alguno a la vida y en mi mente cada día con más fuerza latía la idea de acabar para siempre con aquel sufrimiento.

Las primeras semanas de tratamiento, fueron como inyectarme vida en el cuerpo, supongo q todas las sustancias que acaban en “ina” eran inexistentes en él, así que a poco que mi cerebro recibiese… Y comencé a comer.

Encontrar el tratamiento justo para mí no fue muy complicado creo recordar haber cambiado un par de veces de pastillas hasta conseguir las justas (aunque obviamente después hubo que ir regulando las dosis hasta dar con la adecuada), y creo que no fue hasta entonces cuando la terapia comenzó a hacer efecto, digamos que mi cerebro necesitaba ponerse en marcha para poder razonar.

La terapia fue la guía, la forma de enseñarme a caminar sin caerme, o enseñarme a levantarme después de la caída. Al principio supongo que las sesiones eran muy rudimentarias puesto que la cabeza apenas comenzaba a despertarse y a medida que fui mejorando comenzaron a ser más profundas, ahondando en fantasmas muy antiguos, en heridas, aprendiéndome a ver el gran abanico de perspectivas que existe para recibir, afrontar o aceptar una cosa o situación.

Varias crisis aparecieron durante el tratamiento, una casi me deja en el camino, pero hasta eso fue positivo.

La ayuda de mi familia y amigos fue clave, y por supuesto mi esfuerzo. Y ahora que creo encontrarme en la recta final del tratamiento la aparición del “amor” en mi vida ha sido el empujón que necesitaba, gracias a él la bajada de medicación ha sido posible, por supuesto gracias a mí, pero sé que sin él no lo habría logrado tan rápido.

La terapia me ha servido para tantas cosas que es difícil enumerarlas todas…por nombrar algunas: para darme cuenta que mis miedos son los miedos de todo el mundo, que no existe la perfección, que hay problemas que no tienen solución y no debemos gastar energías en ellos porque solo servirá para agotarnos, que respetarse a uno mismo es tan importante casi como respirar, que alejarse de las cosas que nos hacen daño es la mejor medicina, que una situación puede ser vivida de mil maneras distintas dependiendo de las personas, que las cosas no siempre son lo que parecen, y un largo etc.

A día de hoy, sigo siendo una persona insegura en muchas cosas; con miedos, lucho contra mis fantasmas a diario.

Pero a la vez me siento muy segura de mi misma, intento respetarme, mimarme y cuidarme. Sigo conociéndome cada día y supongo que será así hasta el día en que me muera. Pero tengo ganas de vivir, ilusión por aprender cosas nuevas, conocer los infinitos lugares que nos ofrece el mundo, he vuelto a disfrutar con la vida social, vuelvo a ser la parlanchina que se para media hora en la calle si te la encuentras, tengo inquietudes y sobre todo ganas y fuerzas de luchar (por lograr mis metas, nada beligerante)

Si tuviera que ponerle un “pero” al tratamiento solo sería a la falta de memoria causada supongo por los fármacos, aunque benditos fármacos que me salvaron la vida… Hasta ahora no tenía prácticamente nada y en la actualidad he recuperado, pero creo que nunca volveré a tener la misma.

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